
Scrolleo Mata Deseo
Una conversación sobre aquello que elegimos y lo que nos elige.


Nos gusta pensar que deseamos lo que elegimos.
Que un día vimos algo, lo evaluamos, comparamos opciones y finalmente dijimos: esto.
Pero la experiencia amorosa, y muchas veces la vida misma, suele desmentir esa fantasía. Nadie elige de quién se enamora. Nadie decide con precisión qué palabra le queda resonando durante días. Nadie calcula aquello que lo obsesiona, lo conmueve o lo desvela.
El enganche siempre tiene algo de accidente.
Después, claro, uno puede hacer algo con eso. Puede acercarse o alejarse. Puede construir o destruir. Puede asumir una responsabilidad sobre aquello que le pasa. Pero el punto de partida no suele ser una elección.
Quizás por eso el deseo incomoda tanto. Porque introduce una grieta en la ilusión de dominio que tenemos sobre nosotros mismos.
El scroll, en cambio, ofrece una escena diferente: una sucesión interminable de opciones donde pareciera que todo depende de nuestra voluntad. Un dedo que pasa, descarta, selecciona.
Tal vez por eso se parecen tan poco.
El deseo no aparece cuando elegimos. Más bien empieza cuando descubrimos que hay algo que nos eligió a nosotros.
En agosto volveremos a encontrarnos con Santiago Lanza y Lujan Rosetto en San Isidro, para seguir pensando estas y otras paradojas psicoanalíticas.